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Decía
William Burroughs que el hombre era presa de su avidez, y que su
ambición tenía origen en el conocimiento del tiempo
y de la propia finitud. Esta necesidad excesiva, y toda la frustración
y dolor que conlleva, sigue siendo el alimento primordial de nuestra
ansiedad.
Estas
moscas nacen y tienen que ver, sobre todo, con la necesidad de crear;
ambición que se supone menos malsana que otras, aunque enfermiza
y curativa por igual. En sí mismas, estado de ansiedad, son
reflejo de los distintos modos que nos afectan.
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Por lo general, vinculamos las moscas a lo escatológico -y
no se si asociar necesidad compulsiva de dibujar y defecación
vuelve más banal o sustancial este trabajo-, la enfermedad,
y la muerte. Pero unida a la inquietud, intuitiva o reflexiva, que
estas cuestiones pueden crearnos, se produce otra apreciación
más física; la que nos provoca una mosca con su vuelo
incesante, su molesto zumbido, y su tendencia a pasearse por encima
nuestra. Su nervioso comportamiento fue visto en el lejano Oriente
como un símbolo del alma que vaga sin descanso. Espíritu
agitado que tanto se parece al del temperamento creativo, aunque
la angustia sea un rasgo común en el hombre moderno, de la
mano de aliados contemporáneos como el alto nivel de competitividad
social y el estrés.
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