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Pero
hasta ahí llega su relación con el Superflat (término
asimilable al Poku), que en su concreción positivista favorece
un materialismo radical donde todo es aprensible a través
del poder del avance tecnológico y el corazón se ofrenda
al dios de lo útil.
Edu nunca llegaría a ser cínico.
No cuando la parte que le interesa del Pop, como ya apunté
al principio, es la más contradictoria, la más sospechosa
y secuaz, aquella que no exime de valores trascendentes a los productos
de la cultura y la subcultura popular.
Es por esta vertiente más simbolista del Pop, por donde se
desvela la profunda vocación romántica del autor.
Y puesto que no hablamos del Simbolismo como literatura, eso sería
lo fácil, si no de la puerta que pone en contacto el mundo
visible con el invisible, la que Eduardo utiliza como una pulsión,
contraria al propio espíritu asequible del Pop. Hablamos
de la rotura con lo cotidiano, de la derrota del orden, la anomalía,
lo inabarcable, lo subversivo... entendido de un modo muy especial,
mejor utilizando sus propios términos: lo "molante",
lo "chanante", como una categoría diferenciada
y no vinculada necesariamente al valor de calidad. Una imagen puede
ser poderosa, empática, perturbadora, sutil, puede tener
tal entidad que SEA más allá de todo sentido. Pero
si no se revuelve, si no es capaz de traicionar su propia idea,
si no se sacrifica como emblema para estar vivo, no será
"chanante". Porque hay algo poderosamente imperfecto,
bizarro, humano, que se agita y empuja el invisible velo que marca
el límite de la experiencia estética.
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